miércoles, 21 de junio de 2017

HABLAR

  Hace un tiempo siento muchas ganas de hablar, no importa de qué ni con quién, tengo ganas de hablar. O más bien creo que son ganas de escuchar… escuchar a mis hermanitos hablando sobre dibujitos que realmente no entiendo, escuchar la historia que mi abuela me contó unas mil veces y me sé de memoria, escuchar los regaños de mamá por haber hecho algo incluso cuando ella me dijo que lo haga, escuchar a alguna amiga hablando sobre sus amores o a papá sobre el día laboral, de escuchar lo que el mundo grita y no hacer oídos sordos como la mayoría (no todas) de las personas; pero tengo también muchas ganas de escucharme a mí, de permitirme encontrar sentimientos y tener la valentía de DARLES VOZ, de poder cuestionar las cosas que siento que no son como me las presentan, de poder decir “esto me hace bien…” pero también “esto me está enfermando…”.
 Creo que todos tenemos una voz que necesita salir, necesita hacerse escuchar. Todos tenemos algo que decir, sea bueno o no tanto, sea un consejo, una crítica constructiva o sincerarse con alguien y decirle que su compañía ya no nos hace bien. Cada uno tiene una historia y el simple hecho de haber vivido algo le da el valor para hablar, solo depende de nosotros el creer que nuestra palabra tiene un valor, porque si no lo hacemos nosotros… ¿Quién lo va a hacer?
 Hoy me gustaría tener la valentía de no guardarme las cosas, de decirles a las personas que quiero “te quiero”, “me haces bien”, “me alegra haber coincidido con vos”; decirles a los que se fueron que les deseo un buen viaje, y a los que están siempre que se merecen toda la felicidad del universo a lo largo de toda su vida. Decirles a mis papás que cada reto me enojó pero también me hizo mucho más fuerte y me enseñó a pensar dos veces antes de actuar. A mis amigas que se fueron y a mi primer novio, que me hicieron muy feliz y me enseñaron a tener cuidado con darme por completo en una relación desde el primer momento. A mi abuelo que fue mi primer gran amor y aunque me dolió muchísimo su partida, me dolía mas el enfrentarme yo sola a situaciones que hacíamos juntos (y él claramente hacia lo más difícil), y aunque me hizo crecer muchísimo, lo extrañaba TANTO porque era mi zona de confort. Todas estas cosas no pude decirlas en su momento, muchas porque no me animé y otras porque no las veía de ese modo, pero hoy que pude caminar un poco más, trato de no cometer el mismo error.
 Me acuerdo una situación muy típica en la que era muy niña y quería contarles algo importante para mí a mis padres, (sin saber lo que ellos estaban haciendo) y si estaban hablando aparecía una maldita frase que es la culpable del 50% de mi inseguridad de hoy en día (esto paso a los 4 años… hoy tengo 19) “Estamos hablando algo importante, cuando los grandes hablan los nenes se callan”. Esta frase tan cliché me eliminaba completamente la importancia que le había dado a mi asunto, porque aunque no lo decían así, yo escuchaba “lo mío es importante y lo tuyo no, CALLATE”. Nadie tiene derecho de callarnos nada, la última palabra en nuestra vida (mientras sea tranquila y sanamente) la tenemos nosotros, la opinión de nadie está por encima de la nuestra ya que todo pensamiento aparece con un fundamento.
 Date la chance, escucha lo que tenés para decir y ¡¡¡POR FAVOR dale voz!!! El mundo realmente necesita escucharte, ya sea para pedir ayudar, dar un testimonio, un consejo, una opinión, un chiste, una canción... Hablar es el paso más importante junto con la escucha para curarnos a nosotros mismos y a los demás. No te niegues ni le niegues a nadie tu voz.

Y vos… ¿Qué tenés para decir?

sábado, 20 de mayo de 2017

♥ A todos mis compañeros de camino (G R A C I A S) ♥


¿Alguna vez les pasó de ir a algún lado y sentir que estaba lleno de magia? Como si algo en ese lugar les hiciera bien, como si los curara un poco, pero no una herida física, sino una herida del alma.
Tuve la fortuna de viajar a lugares increíbles, llenos de una energía única, y una belleza inigualable, realmente alejados de todo, donde pude sentir mi alma completamente en paz. Pero también pude experimentar ese alivio en la ciudad, donde nos invade constantemente el ruido, la impaciencia, el encierro en uno mimo y muchas veces el olvido del valor de la otra persona. Por esto mismo me puse a pensar y llegué a la conclusión más obvia que encontré: no es el lugar lo que nos produce serenidad o lo que nos genera un alivio completo, no es el lugar lo que está lleno de magia, sino que son las personas con las que los compartimos, son los seres que nos acompañan en ese camino hasta encontrar paz, incluso muchas veces sin buscarla. No importa el camino que elijas, puede llenarte de felicidad si lo recorres con las personas correctas.
 Tuve el privilegio de encontrarme con gente especial, llena de luz propia, muy fuerte y muy sincera, que se distingue por tener esa magia (su magia), que aparece y da vuelta toda situación, que llega como un remolino que se lleva las tristezas y te llena de su paz.
 Tuve el agrado de encontrarme con gente que es poesía, realmente lo es y no lo sabe. ¿Cómo puede alguien no darse cuenta del bien que le hace al otro? ¿Cómo puede alguien dejarse vencer por el miedo y no decirle a los demás lo que le generan y el bien que les hace su existencia? Todas estas preguntas suelen aparecer ahora, cuando es tarde, cuando nos damos cuenta que dejamos pasar las situaciones por no animarnos a sincerarnos con el otro, incluso porque a veces ni siquiera lo estamos con nosotros mismos, y damos por hecho muchas cosas, callando sentimientos asumiendo que el otro ya lo sabe o que no necesita escucharlo. Pero ahora, hablando enserio y con el corazón completamente abierto, ¿a quién no le agradaría saber que ayudó a alguien a ser completamente feliz, a sentirse en paz aunque sea por un momento? Y no lo digo como un logro propio, sino como una felicidad plena de compartir con el otro su encuentro con su propia esencia.
 Durante mucho tiempo quise volver a esos lugares, esperando sentirme igual, convencida de que ese sentimiento iba a volver a florecer como la primera vez. Hoy entiendo que no es cuestión de volver al mismo lugar, así no funciona la vida, no va a haber una fuente a la que vayamos cuando sintamos que realmente no podemos más, que ésta mochila pesa y mucho, y que estamos a punto de largarla; y mágicamente la energía de ese lugar nos va a aliviar. Los que realmente nos alivian son las personas que nos ayudan y nos impulsan a llegar a esos lugares que tanto deseamos, son esos compañeros que nos empujan desde atrás cuando no podemos seguir avanzando, y abrazan fuerte cuando el invierno parece nunca terminar. Por eso es que no importa el lugar, si tenés (como yo) la fortuna de cruzarte en la vida con poesía disfrazada de gente, vayas donde vayas vas a encontrar tu esencia, tu YO más puro y te juro que no hay nada más hermoso que compartir el camino con personas así. Si las tenés, cuídalas y haceles saber el verdadero valor que tienen.


 A todos los que me ayudaron a dar cada paso y nunca me animé a decírselos: ¡¡¡¡GRACIAS!!!! ♥