Hace un tiempo siento muchas ganas de hablar,
no importa de qué ni con quién, tengo ganas de hablar. O más bien creo que son ganas
de escuchar… escuchar a mis hermanitos hablando sobre dibujitos que realmente
no entiendo, escuchar la historia que mi abuela me contó unas mil veces y me sé
de memoria, escuchar los regaños de mamá por haber hecho algo incluso cuando
ella me dijo que lo haga, escuchar a alguna amiga hablando sobre sus amores o a
papá sobre el día laboral, de escuchar lo que el mundo grita y no hacer oídos sordos
como la mayoría (no todas) de las personas; pero tengo también muchas ganas de
escucharme a mí, de permitirme encontrar sentimientos y tener la valentía de DARLES
VOZ, de poder cuestionar las cosas que siento que no son como me las presentan,
de poder decir “esto me hace bien…” pero también “esto me está enfermando…”.
Creo que todos tenemos una voz que necesita
salir, necesita hacerse escuchar. Todos tenemos algo que decir, sea bueno o no
tanto, sea un consejo, una crítica constructiva o sincerarse con alguien y
decirle que su compañía ya no nos hace bien. Cada uno tiene una historia y el
simple hecho de haber vivido algo le da el valor para hablar, solo depende de
nosotros el creer que nuestra palabra tiene un valor, porque si no lo hacemos
nosotros… ¿Quién lo va a hacer?
Hoy me gustaría tener la valentía de no
guardarme las cosas, de decirles a las personas que quiero “te quiero”, “me
haces bien”, “me alegra haber coincidido con vos”; decirles a los que se fueron
que les deseo un buen viaje, y a los que están siempre que se merecen toda la
felicidad del universo a lo largo de toda su vida. Decirles a mis papás que
cada reto me enojó pero también me hizo mucho más fuerte y me enseñó a pensar
dos veces antes de actuar. A mis amigas que se fueron y a mi primer novio, que
me hicieron muy feliz y me enseñaron a tener cuidado con darme por completo en
una relación desde el primer momento. A mi abuelo que fue mi primer gran amor y
aunque me dolió muchísimo su partida, me dolía mas el enfrentarme yo sola a
situaciones que hacíamos juntos (y él claramente hacia lo más difícil), y aunque
me hizo crecer muchísimo, lo extrañaba TANTO porque era mi zona de confort. Todas
estas cosas no pude decirlas en su momento, muchas porque no me animé y otras
porque no las veía de ese modo, pero hoy que pude caminar un poco más, trato de
no cometer el mismo error.
Me acuerdo una situación muy típica en la que
era muy niña y quería contarles algo importante para mí a mis padres, (sin
saber lo que ellos estaban haciendo) y si estaban hablando aparecía una maldita
frase que es la culpable del 50% de mi inseguridad de hoy en día (esto paso a
los 4 años… hoy tengo 19) “Estamos hablando algo importante, cuando los grandes
hablan los nenes se callan”. Esta frase tan cliché me eliminaba completamente
la importancia que le había dado a mi asunto, porque aunque no lo decían así,
yo escuchaba “lo mío es importante y lo tuyo no, CALLATE”. Nadie tiene derecho de
callarnos nada, la última palabra en nuestra vida (mientras sea tranquila y
sanamente) la tenemos nosotros, la opinión de nadie está por encima de la
nuestra ya que todo pensamiento aparece con un fundamento.
Date la chance, escucha lo que tenés para
decir y ¡¡¡POR FAVOR dale voz!!! El mundo realmente necesita escucharte, ya sea
para pedir ayudar, dar un testimonio, un consejo, una opinión, un chiste, una canción...
Hablar es el paso más importante junto con la escucha para curarnos a nosotros
mismos y a los demás. No te niegues ni le niegues a nadie tu voz.
Y
vos… ¿Qué tenés para decir?
